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Homenaje a los Presidentes de la I República

Intervención del representante de las Logas madrileñas de la Federación española de la Orden Masónica Mixta Internacional Le Droit Humain en el homenaje a los Presidentes de la I República española

Quiero empezar mi intervención con un sincero agradecimiento la Hna.·. Paloma García Zúñiga por su encomiable labor desde la “Asociación Cementerios” luchando porque este Cementerio Civil en el que nos encontramos sea considerado “Bien de Interés Cultural”.

ESTANISLAO FIGUERAS

Decía Nicolás Estévanez de Estanislao Figueras que para él, Figueras era el hombre más generoso y bueno del mundo. En él no sólo se admiraba la virtud pasiva, que consiste en no hacer el mal. En su corazón ardía el sentimiento de caridad en su grado más efusivo. No acudía a él ningún necesitado que no hallase consuelo y socorro. Cuando acudían a él los perseguidos por la justicia, en los casos difíciles,  Figueras hablaba con los jueces, revolvía toda la curia, y no descansaba hasta conseguir la libertad del preso. Si para los extraños era misericordioso, para los amigos su bondad no tenía límite.

Galdós decía de él en sus “Episodios Nacionales”, que Don Estanislao era un hombre entendido, ingenioso y simpático. Un orador insigne, con un carácter lleno de vivacidad y de trato exquisito.

Para su esposa, Josefa Madrignac, la filiación masónica de su marido no pudo ser plato de buen gusto. “Doña Pepita”, como cariñosamente se referían a ella los amigos de la familia, tenía la reputación de ser una católica tan ferviente que rayaba en la beatería, y siempre intentaba frustrar las iniciativas en pro de la laicidad y de la separación Iglesia-Estado del “hereje” de su marido. Para ello, como no conseguía torcer la voluntad de su esposo sermoneándole, solía escribirle unas cartas muy dulces, cariñosísimas, e impregnadas de piedad, que solía dejarle escondidas en su indumentaria. Cuando Pi i Margall (que era la mano derecha de Figueras en el gobierno) notaba que el Presidente se mostraba más tibio a la hora de legislar sobre estas cuestiones, solía decirle: “Vamos, Estanislao, ¿¡ya has recibido carta de la familia!? ¿Me dejas registrarte el bolsillo de la levita?”

Dicen que, en una de esas ocasiones, cuando Figueras se levantó del banco azul del Gobierno y tomó su
sombrero, cayó del forro de éste una de las cartitas, provocando las risas de todos los ministros.

También dicen que fue su talante bondadoso lo que le hizo perder su autoridad. ¿Pecaba Figueras de lo que hoy llamaríamos “buenismo”? ¿O tal vez, la España que le tocó presidir no estaba preparada para aceptar las libertades y los avances sociales de una República presidida por un político bondadoso y honrado?

FRANCESC PI I MARGALL

Podría decir muchas cosas buenas del autor de “La Reacción y la Revolución”; del hombre que escribió aquella inmortal frase de “todo hombre que levanta su brazo contra hombre no sólo es un tirano; es un sacrílego”… del ateneísta al que los demás socios de la docta casa saludaban diciendo, “¡Ahí va Hegel!” Pero prefiero recordar aquí las palabras que le dedicaron grandes figuras de la vida cultural española de su época, como Azorín o como el poeta Gabriel Alomar.

Contaba Azorín que una  de las últimas veces que vió con vida a Pi i Margall y a su mujer fue en una exposición de pinturas. De ellos decía el gran literato de la Generación del 98: “Los dos vestían sencillamente, con pulcritud, todo bien cepilladito, todo bien limpio. Los dos tenían maneras y modales recogidos. Los dos nos daban a los que les observábamos y sabíamos quiénes eran un supremo, delicado y noble espectáculo: […] el de dos vidas ejemplares, honradas, laboriosas, consagradas al bien.”  Azorín también se refería a Pi como “el pensador bueno y sincero, que trabajaba desde la mañana a la noche, afanándose en la lucha desinteresada por su ideal.”

Gabriel Alomar ensalzaba la ejemplar lealtad de Pi a su filosofía y a sus ideales en los duros momentos en que alzó su voz para condenar la actuación del Gobierno en el desastre del 98. Mientras que Pi i Margall advertía desde su solitaria tribuna que “la patria era autora de todos los crímenes, pues enloquecía al hombre convirtiéndole en fiera”, todos los demás políticos, incluyendo a sus antiguos compañeros del partido republicano, aclamaban lo que Alomar describía como “la obra de muerte de nuestras juventudes, en una empresa dirigida a perpetuar las viejas tiranías de una metrópolis incapaz de serlo, porque se había mostrado inepta hasta para la propia libertad”.

Puede que el interés de Pi i Margall por la masonería fuese únicamente utilitarista, y la apreciase como mecanismo al que las ideas revolucionarias podían acudir, en caso de que las libertades peligraran. En su obra maestra, “La Reacción y la Revolución” dice que las logias les parecían a los jóvenes de su tiempo “misteriosas” y “ridículas”. No obstante, unas líneas después, advierte a los reaccionarios de que, en caso de que las libertades peligren, reconstituirá las “execradas logias”. Hay quien afirma que no fue masón, sino carbonario. Su biznieto, Miguel Barberán Pi, me confesó el año del centenario de su muerte, en 2001, que no habían encontrado ni mandil, ni guantes, que confirmasen la pertenencia a la masonería de su bisabuelo. Lo que es cierto es que, fuera Pi i Margall masón con o sin mandil, coincido con lo que Nicolás Estévanez dijo de él a su muerte: “Para los políticos que luchan por el poder, para el vulgo que solo aprecia los éxitos materiales, Pi fue un vencido. Para los que admiran toda la grandeza de los triunfos morales, Pi i Margall fue el triunfador del siglo XIX”.

NICOLAS SALMERÓN

Podríamos decir que Nicolás Salmerón había nacido para defender los ideales de Libertad, Igualdad y Fraternidad. Hijo y sobrino de conspiradores liberales contra la tiranía absolutista de Fernando VII, era natural de Alhama la seca, importante bastión del liberalismo durante los años del llamado trienio liberal, de 1820 a 1823. Su amor por las ideas democráticas, adquirido desde sus años de enseñanza secundaria, y su pasión por la filosofía, marcarían y darían sentido a su vida. Siendo fiel a ambos ideales, tuvo las fuerzas necesarias para soportar todas las injusticias que con él se cometieron: privación de su cátedra, encarcelamiento, persecuciones y exilios. No me extenderé aquí en la ejemplaridad de su comportamiento cuando, después de haber hecho durante meses y años campaña contra la pena de muerte (que tanto Pi i Margall como él aborrecían) el destino quiso ponerle a prueba poniéndole sobre la mesa del despacho presidencial los decretos autorizando los fusilamientos de los militares que habían desertado en el frente carlista. Todos sabemos cómo los rechazó, se negó en redondo, y dejó el poder.

De su filiación masónica, Morayta dijo una vez que Salmerón simpatizaba con los ideales de la masonería, aunque no le agradaban ni sus secretos, ni el rito. No son palabras que confirmen plenamente su pertenencia a la Orden, pero tampoco la desmienten.  Desde luego, los masones creemos en la importancia de la rectitud y del deber, y en ese sentido, nos es indispensable reivindicar el ejemplo de estos tres Presidentes de la I República, dispuestos a anteponer su conciencia y su deber al ejercicio del poder; austeros, cuando la palabra austeridad era una auténtica y admirable virtud, y no un antipático eufemismo; honrados, de una integridad reconocida por sus partidarios y sus detractores; consecuentes en su concepción “cuasi-kantiana” de la ética, y siempre luchando contra la reacción, el oscurantismo, el dogmatismo; siempre paladines de los trabajos al progreso de la humanidad. Hoy reivindicamos su labor en pro de la libertad, la igualdad y la fraternidad.

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